domingo, 13 de mayo de 2018

CAPITULO II

Llegue a la línea de equipajes rezando para que mi enorme maleta rosa saliera la primera. Durante un rato estuve viendo dar vueltas tanto equipaje que perdí la noción del tiempo, mochilas, maletas, bolsas incluso una tabla de surf, hasta que la vi a ella, grande y rosa, estorbando en la cinta al resto de los pasajeros para poder recoger las suyas.
Según pasó por mi lado agarre el asa superior, estuve a punto de caer de boca cuando el tirador se rompió en mi mano. Controlar mi creciente mala leche se estaba poniendo difícil. A la segunda vuelta conseguí sacarla con tanto ímpetu que choque contra un pobre hombre, sino le rompí las costillas con el codo fue de puro milagro.
Avance con aire triunfal por el pasillo hacía a los taxis que me llevarian a la estación de tren cuando vi a un pelirrojo muy alto con un cartel con mi nombre mal escrito, empezábamos bien, si señor.

— ¿Sarah Vila Potice?

Sino hubiera ido buscando la salida habría pasado delante de aquel pelirrojo sin percatarme. Aquella cara pecosa se quedó atónita, no se si por ver una española bajita, pecosa con un moño hecho con un lápiz saludando o por la cantidad de bultos que arrastraba por la terminal de llegadas. Supongo que mi aspecto no era demasiado profesional, parecía más una fan de Justin Bieber que una enfermera.

— ¿Miss Vila?

Sonreí de oreja a oreja alargando la mano al grandullón que me miraba atónito. Me iba a acabar dando tortícolis de mirar hacia arriba.

— Llamame Sara, por favor — parecía simpático sonriendo como lelo
— Mucho gusto, soy Sam.
— Había quedado con Olivia que alguien me recogerían en el pueblo

Colorado hasta las orejas hablando casi en susurros, Bryce Grant en el último minuto le había encargado recogerme. No sabría decir si en el tono había miedo o respeto pero lo que sí tenía claro era que a mi jefe no le gustaban las cosas fuera de control. Y yo sola por Edimburgo estaba considerada un elemento descontrolado y peligroso.
Cuando salimos del aeropuerto estaba cayendo agua como si  desde las nubes lanzaran cubos y cubos. Definitivamente mi ropa no estaba acorde con el clima. Aquel aguacero me obligo a ir dando saltos hasta el todo terreno para evitar pisarlos con las sandalias. Unas cuatro horas después, al borde la hipotermia con los pies entumecidos y tiritando, me baje de aquel coche desvencijado que no tenía calefacción. Ojiplática delante de la puerta de la Mansión Grant espere que alguien abriera pero no fue así tuve volver a saltar de nuevo siguiendo a Sam. Notar la humedad de otro charco bajo mi pie, ya me daba igual. Solo quería ir a mi habitación, darme una ducha calentita y llamar a casa.
Seguí por pura inercia al pelirrojo hasta que me di cuenta de que las habitaciones del personal quedaban a mi derecha, según indicaba un pequeño cartel colocado sobre el dintel de la puerta. Frene en seco y le pregunte que a dónde narices me llevaba. Porque si algo tenía claro era que no pensaba presentarme a mis nuevos jefes con ese aspecto de zarrapastrosa empapada.

— Te llevo a tu apartamento, esas fueron las órdenes de Bry.
— ¿ Apartamento?

No estaba en el contrato, pero me gustaba eso de tener casa propia. Aunque todo hubiera comenzado pasado por agua parecía que iba mejorando. Solo necesitaba un pequeño empujón para que mi humor mejorara, ahora mismo estaba tan desanimada que ni los vídeos de gatitos del youtube lo mejorarían. Abrió de par en par la puerta del apartamento, nos recibió una cocina americana con una isla central y un pequeño salón. Sobre la mesa había un sobre marrón,  rompí la solapa y deje su contenido sobre la encimera de mármol de la cocina. Fui observando todas las estancias del pequeño apartamento. Al pasar delante del espejo del dormitorio comprobé lo deplorable de mi aspecto. Menos mal que nadie en el trayecto desde el coche hasta allí se había cruzado en mi camino. Cuando escuche la puerta cerrarse a mi espalda me fui quitando capas de ropa mojada hasta llegar al cuarto de baño. Me sumergí en agua caliente dejando que mi cuerpo se desentumeciera, relajándose lentamente.
Dentro del sobre había unas llaves del apartamento, la contraseña del wifi y una carta enorme donde se detallaban todas las rutinas diarias de la casa. Supongo que redactadas por mi nuevo jefe, un obseso del orden absoluto.
Fui dando aspecto de hogar al pequeño apartamento vaciando mi maleta de todos los bártulos, empezaba a ser acogedor y menos frío. Escuché el repiqueteo de unos nudillos en la puerta, mire por la mirilla. Olivia Grant esperaba en el descansillo con su cara dulce y sonriente. Mientras abría intentaba esconder mi cuerpo consciente de que iba envuelta en dos toallas recién salida de la bañera y quien sabe, podría acompañarla alguien más. Me vestí con lo primero que saqué de la maleta, unos vaqueros y una camiseta que no parecía un higo paso arrugado. Media hora después bajaba las escaleras para presentarme a mi otro jefe y mi paciente. Liv  movía la cabeza mientras chasqueaba la lengua con cara de circunstancias.

— Bryce estará enfadado, no le gusta esperar.
— ¿tu hermano tiene un pequeño problema con el control, verdad?
— No lo sabes tu bien

De camino al despacho de Bryce pasamos por dos secciones diferentes de la casa, era inmensa. Subimos un tramo de escaleras y tras algo similar a una recepción entramos al despacho. Todo en esa casa tenía techos altos y ventanales con cortinas pesadas de color verdoso. Olía a la madera que ardía en la chimenea y a lluvia reciente. Esperando apoyado sobre el dintel de la ventana estaba un chico un par de años mayor que yo, con el pelo negro corto, alto y delgado. La poca luz que entraba por la ventana dejaba ver los reflejos rojizos de su barba marcando el ángulo de su mandíbula y la curva de la nariz. Levantó la vista cuando abrimos la puerta, esa mirada azul fija en mí hizo que me sintiera incómoda. Demasiado intensa para poder aguantarla sin sentir un escalofrío.

— No he podido traerla antes, estaba en la ducha.

La disculpa de Liv acompañada de una mirada de tierno corderito paso por el aro y dejó de mirarnos con cara de pocos amigos.  Se presentó formalmente, como si a través de Skype no hubiera quedado claro quién me iba a pagar el sueldo.

— Bryce Grant, un placer. Miss Villa le agradeceria que para posteriores reuniones sea puntual. En la Mansión no toleramos la impuntualidad.

Durante unos segundos tuve unas ganas locas de cuadrarme y gritarle, señor sí señor.
Ese hombre no tenía sangre en las venas, era hielo.

— Entendido Sr. Grant. ¿Me ha hecho llamar para algo más que para instruirme en las normas de la casa?. Estaría encantada de empezar a trabajar ya mismo sino tiene pegas.

Una sonrisa curvó ligeramente sus labios y sus ojos centellearon como si estuviera disfrutando de la situación. Realmente era arrogante y cretino, aunque mi primera impresión había sido pensar que era bastante guapo.

— Es usted pequeña, ¿podrá con mi padre? Es un peso muerto bastante desobediente

Volvia a mirarme con aquella sonrisita totalmente inadecuada, empezaba a sacarme un poco de mis casillas. Además cuando se dirigió hacia mi como “pequeña” me sentí un ofendida. Nunca estuve avergonzada de tener una estatura baja para una mujer de mi edad pero es que ese prepotente inglesito me acababa de llamar canija en mi cara.

— ¿Perdone?, soy suficientemente hábil. En mi tierra dicen que más vale maña que fuerza.

Como si le hubiera pinchado con algo, se levantó guiándome por la casa con esa irritante sonrisa dibujada en la boca. Me hubiera encantado borrarla con un guantazo. Ciertamente era bastante seco y tenía la delicadeza de un puerco espín y ya no me parecía nada mono. Aunque ir siguiéndole me dejaba ver otra parte de su anatomía que no estaba nada mal. Mientras le seguíamos como perritos por el pasillo iba insistiendo en que memorizara el camino porque no lo volvería a repetir y no consentía los retrasos. Y dale con los retrasos. ¿Qué le pasaba a este hombre con el tiempo?.
Empujó una puerta grande, al otro lado encontré la habitación de hospital mejor equipada que había visto en años. Muy diferente fue mirar hacía la cama donde uno hombre enorme reposaba plácidamente. Levante tanto como pude la frente hasta confirmar que el señor puntualidad veía dibujado el gesto de seguridad perpetua que mostraba delante de los médicos del hospital. Aparentando una calma, inexistente, dirigí una sonrisa radiante al gigante de la cama, mi paciente.
Trate de controlar los nervios pero tenía la boca más seca que si hubiera comido tierra. Mientras me autoconvencia de que todo iba a salir bien. Respire profundo y usando mi gesto más profesional intente persuadir al incrédulo Bryce Grant de que todo estaba bajo control pese a mi tamaño.

— Sin problemas. Como le dije antes más vale maña que fuerza.

Si me hubiera mordido la lengua en ese momento seguro que me había envenenado. 
El señor Grant levantó la mano dirección a su hijo, me indico que me acercara para verme mejor y al hacerlo arqueo la ceja, supongo que tendría que asumir que para estos dos escoceses yo era liliputiense. Don puntualidad debía de tener mucha prisa porque las presentaciones fueron algo más que aceleradas.

— Miss Villa, mi padre Adam Grant.
— Mucho gusto, puede llamarme Sara. — se incorporó ligeramente para darme la mano, pude apreciar que era un hombre acostumbrado al trabajo de oficina, con unas fuertes pero suaves y cuidadas manos. Al lado de la mía su mano parecía de un gigante.

— Sigue pensando que es “ suficientemente hábil”
— Por supuesto

Su mirada de suficiencia hizo que me temblaran hasta las pestañas de rabia. En pocas horas Bryce Grant subía posiciones de manera vertiginosa en mi lista de los más insoportables. Se había dado el lujo de llamarme enana y para remate antes de salir de la habitación volvió a repetirme lo que ya parecía su lema personal, sea puntual Miss Villa. Con las mismas prisas que en la presentación me dejo allí plantada como un champiñón.
Por el bien de mi sistema nervioso esperaba que el trabajo que hiciera en esa casa le mantuviera alejado del despacho médico. Iban a ser unos meses muy largos.
Di un portazo al entrar en casa de pura rabia, mi bolsillo vibró al ritmo de Ed Sheeran, Vicky al rescate. Parecía estar conectada con mi humor. Siempre llamaba en el momento justo.

— ¿Que?, ¿ya estas acoplada?, ¿ has conocido al paciente?
— Si y te puedo asegurar que jamás había tenido un paciente tan grande.
— ¿y el hijo?, ¿es tan gilipollas como pensabas?
— Mas aún.
— Pues cariño, paciencia

Durante la siguiente media hora mi amiga me avasalló con preguntas de todo tipo, a cual más especial, su tendencia natural a divagar se descontrolaba cuando algo la encantaba.
Y conseguí azuzar a la bestia enseñándole las vistas desde mi ventana. Le envie un video del inmenso campo escocés, con su diversidad de sonidos y colores. Era hipnótico.
Pero rápido paso a otro tema. Era como una ametralladora de preguntas.

— Oye nena, ¿y que vas ha hacer en tu día libre?. Porque todo es muy verde y tal, pero no veo yo mucha vida por la zona.
— Supongo que tendran algun centro comercial o algo. Investigare.

Volví a mirar por la ventana, el cielo se había vuelto a cubrir de nubes mientras los trabajadores corrían por el patio central intentando no empaparse con la nueva llovizna.
Estaba empezando a darme cuenta que venir aquí más sola que la una quizá no había sido tan buena idea como parecía.




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